10 juin, 2013

Eu ricordo.

Me paseaba descalza durante toda la noche, haciendo toures infinitos por los pasillos de mi departamento.
Las horas se dilataban, se hacían cada vez más anchas y largas. Mi departamento parecía una mansión con un millón de puertas de roble tallado, que tras ellas ocultaban los misterios de mi mente.
Me prendía un cigarrillo. Después otro, para no volver a buscar el encendedor. Y mientras fumaba, leía los ingredientes de dicho cigarro, solo para evadir lo que en realidad estaba pensando.
El café también era un aliado. Ya que si me dormía, en mis sueños ibas a estar. Por lo menos, aunque en ésta realidad eras intangible, podía (o eso creía) evadirte. Miraba tu foto de perfil.
La miraba de vuelta. Me sabía de memoria tu cara, me acordaba perfecto como se te achinaban los ojos. Esas dos marquitas que se te hacían en el párpado. La forma de tus cejas pobladas (terriblemente pobladas), tus pómulos casi inexistentes, tu frente, la cicatriz de tu mejilla que una vez te hizo el perro de no se quien. El negro de tus ojos negros.
Nunca me iba a olvidar. Había archivado en carpetas cada parte de tu rostro en mi mente. Cada gesto que te identificase, cada sonrisa de desayuno dominical, tus medidas, todas tus fragancias, la sensación de tu piel contra la mia, la músicalidad de tu respiración, ese gol de media cancha que una vez metiste y me dedicaste, cada parte tuya que me regalaste, por la dudas eso se terminara. Y solo tuviera ésta memoria, para saber que fui feliz por un efímero momento en el que nos supimos entregar.
No te quería llamar, me sentía muy fuerte, muy independiente como para llamarte. Pero las ansias, la necesidad de volver a abrazarte. ¿Cómo era posible que durante tal larguisimo plazo no se te hubiese ocurrido llamarme en ningún momento? No. Yo no iba a dar el brazo a torcer. Por más que no pudiese dormir, por más que el café y cigarrillo dañaran cada vez más mi salud e incrementaran todas las noches mi insomnio.
Sonó el teléfono, el claro "tiriri-riri" de mi querido teléfono, y se me iluminó el rostro. Si eras vos, entonces probablemente ninguno de mis pensamientos anteriores hubiesen valido la pena, ¿o no? Si, tenés que ser vos.
Me acerqué un poco más y, ¡Si! el identificador de llamadas marcó claramente el teléfono de tu casa.
Atendí, y calculando que vos seductora podría poner, me salió una bastante parecida a la de mi tía Amelia.
Era tu hermana.
Hablaba desesperada.
Y de repente, lo dijo.
Me estremecí de tal manera que la piel se me separó de la carne.
Las piernas me temblaban, pero yo casi ni las sentía.
El teléfono se me cayó entre las piernas.
Quedé inmovil en el paisaje de mi living room.
Trataba de recordar tu rostro.
Pero no pude.

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